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sábado, 4 de junio de 2016

MUJERES CRISTIANAS Y MUSULMANAS EN EL SIGLO X.



 MUJERES CRISTIANAS Y MUSULMANAS EN EL SIGLO X

La España del siglo X, estaba dividida  por dos religiones. El cristianismo en el norte, y el islam en el sur, dos tipos de mujer poblaban la tierra de Hispania, y  estaban regidas bajo distinta jurisdicción.



                                                

La mujer musulmana.

La sociedad islámica, basaba la familia en la poligamia, bajo la absoluta obediencia al padre, El hombre musulmán podía casarse hasta con cuatro mujeres,  además de poder yacer con cualquier esclava o concubina, y tanto sus esposas como sus hijos le debían una total obediencia.

Bajo estos pilares sociales, crecía la mujer musulmana, de niña permanecía junto a su madre en el  harén.  Si era afortunada y vivía en una ciudad, quizá podía visitar la escuela.Hasta que le llegaba la primera menstruación, y cuando estO sucedia comenzaba su vida de apartamiento y soledad.

Tenía que esconderse de las miradas lascivas masculinas. Y vivía en la parte destinada para las mujeres de la casa. Si llegaba alguna visita masculina a ver al padre de familia, ella no podía comer en la mesa con ellos. 

Si la familia tenía dinero podía aprender a tocar algún instrumento musical  , como el Laúd , para encandilar a su futuro esposo.  El padre o tutor la podían casar con cualquier interesado que estuviera dispuesto a pagar la dote. En muchas ocasiones ni siquiera intercambiaba una palabra con su futuro esposo, y podía ser de cualquier edad  o condición.

Lo normal es que el “novio” se presentara  en la casa gracias a las referencias de alguna viuda  o divorciada, que hacían de alcahuetas contando las virtudes y los “posibles”   de las familias que conocían.

El matrimonio de la mujer musulmana era un contrato  civil,  con  procuradores,  en presencia de testigos, era   parecido a un negocio de compra  y venta, por una parte el novio aportaba una dote que se repartían, el padre y una vez consumado el matrimonio la hija (pagadera hasta en 20 años).

Sobre el papel, la mujer mahometana, tenía derecho a concluir contratos, contraer compromisos, disponer de sus bienes, o hacer testamento e incluso pleitear con su marido. 

Pero lo normal es que una mujer casada pasara de la casa del padre a encerrarse en el harén de su esposo.
Una vez allí solo podía ser visitada por otras mujeres y familiares, y solo podía visitar a estos. La esperaban  noches de soledad encerrada en su cuarto, y sumida en un régimen de rotación con las demás esposas, y si además el marido tenía dinero, no era extraño que dedicara sus favores a un  gran número de esclavas, normalmente del norte de la península.

Si el marido tenia fortuna tendría sirvientas y nodrizas y estaría en igualdad con las otras tres esposas, y si era pobre caía sobre ella todas las funciones domesticas, siempre sojuzgada al marido que podía golpearla  y abandonarla si no obedecía.

El hombre siempre podía  usar el derecho al “repudio” , bastaba que lo hiciera tres veces en un mes para anular el contrato de matrimonio y  para poder abandonar a su mujer en la calle   con su dote,  obviamente la mujer mahometana estaba al libre albedrio de su esposo, que siempre podía sustituirla por otra.
Por  si esto fuera poco el marido podía convertir en negocio los intentos de su mujer por divorciarse.

 Ya que delante de un juez el siempre podía negarse a  dar por finalizado el matrimonio  y la mujer tendría que seguirle de nuevo a casa, lo que obligaba a no pocas hembras a pagar a sus propios maridos para que firmaran su divorcio.  Muchas de ellas se suicidaban ante la idea de volver a la casa junto al hombre que las pegaba y humillaba a diario.


 






Las mujeres mozárabes.

  En el Califato de Córdoba Junto a las mujeres mahometanas  pasaban sus días  sus vecinas mozárabes,  algunas poblaban  los monasterios, consagradas a  su compromiso con Dios. 
Otras pese a que vivían en casas marcadas (por ser cristianas) y con vestimenta y adornos que denotaban su confesión gozaban de una mejor existencia.

Unidas en sagrado matrimonio ante dios como compañeras y no siervas,  ni podían ser repudiadas ni podían divorciarse. A su vez  eran honradas como la única esposa de la casa, y amparada por la ley de Cristo, lo que las convertía en tremendamente piadosas ya que conocían la vida de sus vecinas mahometanas.
Estas mujeres no eran rotadas ni convivían con esclavas sexuales, y sabían que sus hijos perpetuarían su linaje.

 
 

Las esclavas. 

 Pero si había algo que hacía perder la cabeza al hombre musulmán de la época eran las esclavas, sobre todo las del norte de España, muchas veces eran capturadas en las aceifas veraniegas.  Y su demanda era constante en los mercados Toledo, Córdoba  o Sevilla.

En muchos caos entraban a servir en las casas donde eran martirizadas por las cuatro esposas  ya infelices del hombre de la casa, y si eran bellas se convertían en un mero juguete para el señor del hogar.

La moda del momento eran las esclavas  gallegas, era tal su demanda, que picaros mercaderes no dudaban en falsificar sus documentos para vender como gallega a cualquier desgraciada.

No pocas esclavas se convirtieron en favoritas de los califas cordobeses, como Abderraman II o Hixen I, pero lo normal es que  cuando su belleza se marchitaba, acababan de nuevo en el mercado siendo subastadas.

La gran oportunidad para las esclavas era concebir un hijo de su amo, esto hacia que  este gozara de  los mismo privilegios de cualquier otro hijo del hombre de la casa, y a su vez impedía la venta de la esclava.

 
 

 Mujeres cristianas del norte de España.

  Distinta era la vida de las mujeres en el norte, las familias se basaban en la monogamia y en los compromisos adquiridos ante dios y la iglesia.  La mujer tenía igual derecho que el hombre a la herencia y habitualmente decidía junto a su marido el futuro esposo de sus hija.

El matrimonio  lo realizaba un sacerdote que bendecía la unión,  el marido dotaba a su esposa según le era posible.  Y esta dote no iba al padre si no a la novia.  Que disponía de el  si a la muerte del esposo no había tenido descendencia.

Los novios recibían prebendas y presentes de los padres de  de ambos  conocidos como  “axuares” .  Los bienes los administraba el marido pero jurídicamente permanecían separados.

 Para cualquier tipo de venta o enajenación, era necesario la firma y el consentimiento de ambos. Incluso si  el hombre gastaba la fortuna del matrimonio, la mujer tenía derecho a pleitear por su parte.

A la muerte de uno de los cónyuges se terminaba la sociedad, y el reparto era equitativo si había descendencia,  la mujer podía disponer de  sus bienes hasta la hora de su muerte. 

Ya siendo viuda la mujer podía tutelar a sus  hijos,  y podía ser parte en juicio, ser fiadora en acciones civiles o en actos judiciales.

De esta forma la Iglesia había logrado transformar ciertas costumbres  “germanas”  el concubinato de los siervos y la figura del repudio. Creando uniones indisolubles impidiendo de esta forma que los señores pudieran anular los matrimonios de sus siervos. 
 
 La mujer cristiana debía obediencia a su marido pero era compañera no “sierva”, todos los actos jurídico de la familia se hacían invocando a los cónyuges.

 Si además el matrimonio era de buena posición, la esposa gozaba de los honores del marido, y recibía los títulos ajustados a su posición social. Incluso intervenía en los actos y firmaba documentos.
   
Además si la mujer cristiana llegaba a ser reina, acudía a las asambleas de obispos y magnates, y si enviudaba ejercía la tutela de sus hijos (firmando ella los decretos reales) hasta que el  varón primogénito estuviera en disposición de mandar.

Aunque los maridos engendraran hijos bastardos, solía ser algo excepcional,  no como en el Califato de Córdoba donde había hombres que habían engendrado hasta cien hijos.

Pero si algo caracterizaba a estas mujeres era su enorme fortaleza, aglutinadas junto a sus esposos en la franja norteña, la más fría y hostil  de la península, donde cada verano tenían que luchar contra las incursiones musulmanas que saqueaban y robaban el trabajo del año. Donde los maridos tenían que ir arar la tierra armados con sus espadas.

Acostumbradas a luchar y a reprimir cualquier deseo mundano,   temerosas de  Dios y tan trabajadoras que acostumbraban  a poner en pie las piedras que la ultima aceifa hubiera destruido,   con un gran compromiso con Dios. Este era tal que no dudaban en unirse  por miles a los monasterios de clausura, o donar parte de sus posesiones a crearlos.

 Rara era la familia donde una de las hijas no tomara los hábitos, y  desempeñaron un poder político emergente como la reina Toda.

 Eran pobres nuestras  predecesoras , pero tan laboriosas que trabajaban la tierra con su propias manos portando a su descendencia con ellas.  Sobrias  en el vestir  y tremendamente disciplinadas,  en un ambiente hostil, pero que grandes y qué ejemplo deberían ser para nosotros.



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Fuentes.
Del ayer  de España. Claudio  Sanchez Albornoz.
Wikipedia.